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domingo, 20 de junio de 2010

La Educación

(tomado de la Ponencia: LA EDUCACIÓN POPULAR HOY Y SU CONCRECIÓN EN NUESTRAS
PRÁCTICAS EDUCATIVAS FORMALES Y NO FORMALES
XXXII Congreso Internacional
Antigua, Guatemala septiembre, 2001
EDUCACIÓN POPULAR Y EDUCACIÓN FORMAL
Antonio Pérez Esclarín
Fe y Alegría - Venezuela)

… Por ello, si queremos ser fieles a nuestra Misión y más eficaces en el servicio educativo de los más pobres, debemos reorientar nuestros esfuerzos a la gestación de ese modelo alternativo, que podría iluminar también la necesaria transformación, en momentos en que no hay modelos o los que se presentan para las escuelas oficiales en América Latina tienen un excesivo énfasis eficientista y tecnocrático.
Lo que sigue son sólo algunas pistas para provocar la reflexión y la creatividad en la tarea que yo considero más urgente y esencial de todos los que pretendemos hacer Educación Popular en la educación formal.
1. Las Escuelas Populares como lugares de inclusión, garantizadoras del éxito de los más débiles.
En general, la exclusión escolar reproduce y consolida la exclusión social. Son precisamente los alumnos que más necesitan de la escuela los que no ingresan en ella, o los que la escuela abandona antes de tiempo, de modo que salen sin haber adquirido las competencias mínimas esenciales para desarrollar su misión en la vida. Las escuelas de los pobres suelen ser unas pobres escuelas que contribuyen a reproducir la pobreza. Si a todos nos parecería inconcebible que los hospitales mandaran a su casa a los enfermos más graves o que requieren cuidados especiales, todos aceptamos sin problema que las escuelas expulsen a los alumnos más necesitados y problemáticos y se queden con los mejores.
Voceando nuestra vocación de servicio a los más pobres y nuestro clamor de justicia educativa y equidad, posiblemente también en Fe y Alegría, y muchas veces sin darnos cuenta, estamos fomentando la exclusión de los más necesitados. Luisa Pernalete (Directora Regional de Fe y Alegría-Guayana en Venezuela), que ha enfrentado con dedicación y empeño el tema de la exclusión en nuestros centros, nos propone para detectar los mecanismos de exclusión, que revisemos los requisitos o exigencias tanto para entrar en las escuelas como para continuar en ellas. La primera revisión nos indicará qué alumnos quedan excluidos de entrada, y la segunda qué alumnos excluyen las propias escuelas. Escribe Luisa ((Pernalete, 2001):
Estamos claros que no es posible responder a toda la demanda que cada día crece ante nuestras puertas. Necesariamente algunos –o muchos- se quedarán afuera.
Por ello, ante la creciente demanda, debemos afinar nuestros procesos de selección para quedarnos con los mas necesitados. Aquí viene la primera pregunta importante. ¿quiénes son los más necesitados? Esa categoría debe ser actualizada: no basta con responder ‘los pobres’, pues hoy hay diversas categorías de pobres y hay nuevos empobrecidos y nuevos indefensos. Menciono tan sólo algunos de estos ‘nuevos’ más pobres y más indefensos: los desempleados y dentro de ellos los que yo llamo ‘crónicos’ (esos que llevan años sin conseguir un trabajo estable); los hijos con madres o padres solteros; los niños con enfermedades incurables; los niños y jóvenes con ‘problemas de conducta’, entre los que encontramos los consumidores eventuales de alcohol u otro tipo de drogas; los niños trabajadores; los ‘flojos’ y/o repitientes; los indocumentados, nacionales o inmigrantes. Todos esos están en peores condiciones que los simplemente pobres o marginales. Luisa nos propone un listado, que todos deberíamos revisar, para detectar los posibles mecanismos de exclusión de entrada. Van desde los tiempos y modos de hacer la convocatoria para las inscripciones, la exigencia de papeles y de notas, los exámenes de admisión, los cobros de matrícula, el rechazo de repitientes, la exigencia de padres colaboradores y participativos (“por supuesto –escribe Luisa- que hay que enseñar a los padres y a las madres a participar y a ser mejores padres y mejores madres, pero no lo podemos pedir como requisito, eso será parte de nuestro trabajo: formar a las familias”).
Pero no basta con que los alumnos que admitimos estén entre los más necesitados. El reto consiste en que todos permanezcan en la escuela el mayor tiempo posible, de modo que garanticemos su éxito y evitemos su fracaso. Es por ello necesario que revisemos las razones o mecanismos, muchas veces velados, con que la escuela excluye a los más débiles.
En el documento que preparamos para ser analizado antes de este Congreso (Pérez Esclarín, 2001, 9), insistíamos en la “necesidad de practicar la discriminación positiva, es decir, privilegiar y atender mejor a los que tienen más carencias, para así compensar en lo posible las desigualdades y evitar agrandar las diferencias. No puede ser que abandonen la escuela precisamente los que más necesitan de ella. En este sentido, Estado y Sociedad deben aunar esfuerzos para que en los centros educativos que atienden a los más necesitados, se les garantice a todos la misma calidad educativa o incluso mayor, que la que obtienen los alumnos de las familias pudientes. Esto implica jornadas más extensas y más intensas, y compensar las ausencias y desventajas sociales proporcionándoles buenas bibliotecas, comedores escolares, salas de computación, laboratorios bien dotados, canchas deportivas, lugares para estudiar e investigar con comodidad, actividades extraescolares atractivas y formativas, y también de los mejores maestros, capaces de promover una pedagogía que reconozca los saberes y valores del alumno popular y promueva su motivación y autoestima”

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